jueves, 6 de agosto de 2015

EL OLOR MENSTRUAL

 “Eliminación del olor” menstrual
Mujeres conscientes, menstruantes y limpias... no tengo intención de daros un truco maravilloso... 
Las campañas para vendernos productos de higiene intima han sido y son lo que más me indigna… una pena que estemos bastante acostumbradas y a ese tipo de anuncios en los medios de comunicación, como el famoso ¿A qué huelen las nubes?... La verdad, ¡señores publicistas!, a nosotras no nos huele el chocho. 
Lo que huele es un antihigiénico trozo de celulosa sintética pegada a las bragas que se ajusta a nuestras preciosas vaginas. 
¡Eso sí huele!. 
La “noticia bomba” que estas marcas nos quiere vender empleando a ortopédicas mujeres, que se prestan a eso…
Sabemos, que la regla no huele si llevas una higiene normal.
Las usuarias de la copa menstrual, lo sabemos bien.
No nos huele el chocho, como tampoco todas tenemos piernas kilométricas, culos prietos y brillantes, ni nos sentimos más mujeres en esos días, es nuestra naturaleza quien nos ofrece ese privilegio…(aunque sea un coñazo).
Todos estos clichés absurdos sobre la menstruación y las ocurrencias de los publicistas. Porque son hombres, no entiendo cómo pueden mantener y perpetuar este tipo de visiones sobre esta parte del ciclo sexual de las mujeres.
Estos anuncios no son más que un patraña, que, por supuesto, también intenta someter la sexualidad de las mujeres, ejerciendo un discurso absurdo sobre su ciclo y su sangre.
La menstruación será feminista o no lo será...
Siglos de lucha feminista para que me venga un publicista o una publicista desnaturalizada a decirme que mi vulva huele mal.
Esa creencia absurda -el olor de la regla- es un mito popular.
Una sensación quizás de quien está desnaturalizada con su propia menstruación, desconectada de su cuerpo, una percepción de quien no comprende los procesos fisiológicos de las mujeres.
Esa creencia forma parte de los últimos coletazos de un tabú antropológico judeocristiano y ancestral trasvasada a las sociedades modernas de occidente. 
La palabra “tabú”, posiblemente se deriva de la palabra “tupua” de origen polinesio: menstruación.
En la antigüedad era la impureza, el apartheid.
Apartad de la tribu a las mujeres que menstruan, decían los patriarcas judíos. La Torá prohíbe las relaciones maritales durante los “siete días limpios”  e incluso dormir con la esposa.
Las madres menstruantes eran apartadas de sus criaturas lactantes para no transmitirles su impiedad mediante su leche contaminada. También prohíbe el sexo durante el sangrado y a/el que así lo hiciera se enfrentaba a la pena de ostracismo y exilio.
No se podía tocar la sangre menstrual, ni siquiera si era de una.
En la Antigüedad cristiana, la mujer sangrante no podía comulgar. Que no entren a las Iglesias, decía el Concilio de Nicea en el 325 d.C. En el 381, el I Concilio de Constantinopla a las mujeres bautizarse durante la menstruación. El Canon II del Concilio de Trullo de 692 prohíbe a la mujer acercarse al altar -no vaya sé que se lo coma. 
¡Manda ovarios!.
Luego fue la filosofía. Los cuerpos femeninos, para Aristóteles, están marcados por lo débil, lo pequeño, lo imperfecto. Los calores o humores del cuerpo son aquello que producen, en el estómago la segregación de semen, y el semen es en sí una de las bases de la diferenciación sexual entre hombres y mujeres para el pensamiento aristotélico. Por una falta de calor vital que entraña una debilidad del metabolismo, de la cocción, como dice Aristóteles, la comida que se ingiere se convierte en sangre en el cuerpo de las mujeres, por tener un interior más esponjoso y endeble. Los hipocráticos están de acuerdo con esto. Además, retener la menstruación puede ser fatal. Nos dice El “Tratado sobre la Menstruación de las Vírgenes”: “las mujeres se vuelven locas a consecuencia de la inflamación aguda; a consecuencia de la putrefacción, sienten deseos de matar; a consecuencia de la tiniebla que se les forma, sienten terrores y miedos; a consecuencia de la presión ejercida sobre el corazón, desean estrangular y a consecuencia del deterioro de la sangre, su espíritu, agitado y angustiado, se pervierte. 
¡Valla cuento para no dormir!
Aristóteles fue rescatado y leído por Santo Tomás de Aquino y por los filósofos y pensadores árabes, que lo tradujeron. 
Las ideas patriarcales sobre la menstruación son herederas de éstas, que no nos extrañe, que en el islam tengan similares tabúes, que por otro lado tendrían la misma raíz semítica que las tradiciones judeocristianas.
Freud dijo que el hombre castrado tenía miedo a la sangre, y eso provocaba el rechazo. Yo creo que él también nos tenía miedo.
Más tarde, Simone de Beauvoir, en El Segundo Sexo, tejió una enrevesada lista, vigente en sus días. Estos son algunos de los tabúes menstruales que detalla la filósofa:
- paraliza las actividades sociales
- echa a perder el jamón
- ennegrece el azúcar
- impide la fermentación de la sidra
- provoca la ruptura de los objetos frágiles
- hace saltar las cuerdas de arpas y violines
- debilita al varón
- si mantiene relaciones en esa fecha vuelve impotente al varón
- cuando una mujer deja de tenerla, queda inhabilitada para el placer sexual y debe clausurar su vida erótica. Etc…
Federico García Lorca escribe en sus Bodas de Sangre que la novia vuelve del bosque “teñida en sangre la falda” y no sólo porque los hombres se mataron, más bien porque ella y Leonardo habían “mezclado sus sangres” (137, 120). Pienso que la novia estaba menstruando: Mal presagio, contacto con la mujer sangrante, presagio de muerte.
Con la contemporaneidad, viene la invisibilidad la oferta y la demanda, surgen los remedios artificiales listos para llevar en el ajetreado mundo del capital, surge la supuesta comodidad, los plásticos, los materiales no biodegradables que desterrarían los días de los tenebrosos paños pegados a la vulva. En vez de paños, gasas, ahora tendremos fibras sintéticas alergénicas pegadas con stick a las bragas y que nos aplastan los labios y nos cuecen las partes. Estos productos mágicos, propios de la Mujer Moderna se venden para: “esos días”. 
Con la ignorancia de la comunidad masculina y científica, viene la patología se nos llamaba “indispuestas”, “malas”, “enfermas”, y nunca menstruantes.
Kate Millet, en Política Sexual, nos dice:
La jerga contemporánea denomina la menstruación como The Curse (“la maldición”). 
Existen considerables evidencias de que las molestias que las mujeres sufren durante su período a menudo es probable que sean psicosomáticas más que fisiológicas, culturales más que biológicas, en su origen.
La finalidad de este y otros post es que ni nos tiene que dar asco nuestro cuerpo ni debería dárselo a ningún hombre... dicen que no hay guarro mas escrupuloso ... pues no hay motivo alguno aunque la sociedad nos lo enseñe así...

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